La señora Céliz quedó debiéndole un peso, acomodó sus zanahorias en el chango y salió del almacén.
Mientras caminaba calle abajo, llevó una mano al bolsillo (la otra sostenía chango y cartera) para tocar la moneda falsa: sintió su peso entre los dedos: era igual a cualquier otra moneda, salvo por la visible deformidad en la cara del sol.
–Visible deformidad– Reprimió un pensamiento de travesura al pasar por la esquina de la parroquia y escuchar el tintineo de la lata de limosnas de la cieguita. Su memoria la eyectó hasta el día en que puso una zanahoria en el asiento de la madre superiora del Adoratrices. (No en frente de Él, no bajo Su mirada oscura)
Se preguntó si la moneda sonaría igual que las otras en el fondo de la lata. Al doblar la esquina se desharía de esa sensación de ilegalidad, cambiando su mueca pícara por una de dolor de ciática.Sonó igual.
genial, vieja de mierda!
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