Al salir de las fauces lacrimosas, el Heraldo jadea. Se afirma sobre un colmillo y se escupe la palma de una mano para peinarse. Un aliento antes de salir, blandiendo ganglios y amígdalas tintineantes, exagera un ademán e implora al tiempo que transmita en cámara superlenta.–Saldré a tu encuentro –pensó como proponiéndoselo en serio– cuando zumbe el rayo oblicuo sobre el borde del lóbulo terrestre que caerá luego al mar para mutar en moneda argentina
Se soltó y corrió paladar arriba. Al umbral de mandíbulas cromadas.
–No me dejes solo.
–No te dejaré.
Espectacular texto. Y espectacular diseño...
ResponderEliminarUn abrazo,
Jose
"Todos quieren tener opinión pero nadie quiere pensar."